Protocolos de seguridad para una ciudad insegura

Raúl Ruiz.- Todavía en el siglo pasado, los mexicanos creíamos que el Estado nos protegía de todo mal. No solamente con acciones del Ejército en situaciones de inundación, terremoto o incendios, con su heroico plan DN3.

Sino que, tratándose de cualquier situación de peligro, las instituciones estaban ahí, listas para protegernos. Hasta que todo se desbarató.

La corrupción se fue filtrando como la humedad y comenzó a pudrir las corporaciones policiacas o de vialidad. Y luego, nadie volvió a creer ese discurso pseudoprotector de “servir y proteger”.

Siendo yo director de Coparmex, allá en los albores del milenio, en una reunión del CCE (Consejo Coordinador Empresarial), el entonces comandante de la Guarnición nos obsequió una interesante e instructiva conferencia en la que nos advertía sobre la responsabilidad y actividades de los empresarios a realizar, en caso de una contingencia de peligro inminente. Se trataba del PROTOCOLO CENTINELA.

Nadie imaginaba que para el 2008 se desataría una guerra urbana y que a nadie se le ocurriría activar ese protocolo de protección social. Consistía en organizar las fuerzas militares, policiacas, bomberos, instituciones académicas, empresariales, religiosas, clubes de servicio, etc. para bloquear el peligro.

Todos bajo la comandancia del secretario de Protección Civil.  No se rían, el mando central residía en este funcionario. Hoy, solo utilizan esta figura para predecir el estado del tiempo, con un grado de error de +/- 20%.

La guerra siguió, cabezas rodaron (literalmente); cuerpos colgados de los puentes, mutilados. La sangre en las calles. En las paredes, por los fusilamientos. Los empresarios huyeron a El Paso; la policía se encerró y el Eejército, inmóvil, en posición de descanso.

Hoy, el protocolo indica el despliegue de elementos de distintas corporaciones bajo la figura denominada CÉLULA MIXTA.

O sea, elementos del ejército, federales, estatales, municipales y de vialidad, en convoy. Husmeando y divagando por las calles; sin una idea firme, sin estrategia de disuasión a los criminales. De repente, con la sirena abierta, dizque para asustar a los malandros con el coco.

Unidades que hasta el momento no sirven para nada. Es un derroche de recursos, cuyo patrullaje es considerado por la población como inútil durante el día y atemorizante durante la noche.

¿Y detrás de este inútil operativo, quiénes? De manera mágica, la enorme mesa de seguridad se reúne dos o tres veces al mes, como si estuviera activado permanentemente aquel vetusto PROTOCOLO CENTINELA, al que me referí al inicio de este trabajo.

¿Quiénes participan? El secretario General de Gobierno, Luis Fernando Mesta Soulé. El comisionado Estatal de Seguridad, Óscar Aparicio Avendaño. El comisario de la PFP, Teófilo Gutiérrez. El fiscal Zona Norte, Jorge Nava.

Obviamente el fiscal General. César Augusto Peniche, quien por cierto quiere ser el candidato a la Alcaldía de Juárez. El secretario municipal de Seguridad, Raúl Lara. El comandante de la 5ª Zona Militar, Gral. Hernández. Y fauna menor, incluyendo Canaco, Ficosec, diputados, magistrados y otras especies, que se unen a la charla  pseudoprotectora.

El punto al que quiero llegar es el siguiente: Como todos sabemos, la vocación de Ciudad Juárez es la de emborrachar a propios y extraños. Cientos de bares y antros en general se encargan de esta noble actividad.

Y aquí es donde “trabajan” los de las células mixtas, pero no en la vigilancia, sino en la extorsión.

Las quejas de los borrachales o las jovencitas que salen en la madrugada y son víctimas del acoso y extorsión, ya son demasiadas.

Pero, ¿quién debe estar al mando de estas células mixtas? Al menos en las incursiones a los antros yo digo que debería ser Gobernación.

El problema es que en Juárez, la dirección de esta dependencia, recae en una mujer. Maribel Hernández. Y eso les causa grave escozor a los generales, fiscales y policarpos mal encachaos. Y para colmo, incorruptible. Ughhh.

El llamado es para la colosal mesa de seguridad, para que les dé un apretón. Tantas armas que circulan en la ciudad y no es posible que decomisaron una, siquiera.

Tantas muertes con lujo de violencia, y no dan con un sicario ni por error. Cómo diría un gran filósofo mexicano… “¿A dónde iremos a parar?”